Yo no maté al dragón. Demasiadas princesas habitan este mundo que los incrédulos han diezmado de las antiguas maravillas. No. No podría haber matado jamás a una criatura tan fabulosa como un dragón, con soles en su vientre y contenidos amores en su coriaceo, envejecido cuerpo. Uno no mata a seres imposibles, capaces de entablar conversaciones, rimar, recitar, cantar e intercambiar opiniones acerca de cariños no correspondidos. Ya lo dije. Demasiadas princesas hay en este mundo y uno no las necesita. Fui a ver al dragón porque buscaba una mujer dragón, con todo un universo en su interior, para abrazarme a ella y abrasarme. Porque no soy un santo.