Yo no maté al dragón. Demasiadas princesas habitan este mundo que los incrédulos han diezmado de las antiguas maravillas. No. No podría haber matado jamás a una criatura tan fabulosa como un dragón, con soles en su vientre y contenidos amores en su coriaceo, envejecido cuerpo. Uno no mata a seres imposibles, capaces de entablar conversaciones, rimar, recitar, cantar e intercambiar opiniones acerca de cariños no correspondidos. Ya lo dije. Demasiadas princesas hay en este mundo y uno no las necesita. Fui a ver al dragón porque buscaba una mujer dragón, con todo un universo en su interior, para abrazarme a ella y abrasarme. Porque no soy un santo.
Me hablas de ti y leo en tus ojos, mientras miro como tu rostro, que empiezo a conocer y en un misterio que no entiendo, ya no es el mismo de hace diez mil palabras, que no seremos nada más que tú y yo. Caminaremos, sí, y bailaremos sí. Y hablaremos de esas importantes cosas leves o esas trascendentales cuestiones insolubles, y nos quedaremos en silencio, con los ojos brillantes, más, no como esa tarde de domingo. Y puede que te diga cosas al oido. y busque cada vez más tiempo en tus abrazos. Pero... ya no te haré el amor, ni veré tu quietud angelical de madrugada, ni la forma en que el sol hace miel en tu pelo. Aunque en mi corazon, tenga esa loca idea que algun día...