Tenía14 años cuando escuché a los Redondos por primera vez. Entonces ni se había inventado el concepto de la radio FM. Una de esas amistades del barrio, o un compañero de la secundaria, me dijo que en Radio del Plata se escuchaba buen rock nacional. AM. Amplitud modulada, con gente como Lalo Mir, la negra Vernacci y Eduardo de la Puente que triunfaban con 9PM y después se fueron a la rock and Pop.
No solo era la radio. Eran las propagandas, los anuncios de los discos. Clics Modernos, de Charly, grabado en Ibiza, Vasos y besos de Los Abuelos.
Y Los redondos... ni siquiera tenían disco.
Lo que sonaba en la radio cada tanto, con ese sonido tan particular, tan extraño, tan moderno dentro del moderno, nuevo y apasionante mundo al que me había asomado, era un demo que le habían pasado a Lalo, en el que estaba Barbazul y Superlógico.
Me volaron la cabeza. Esa cabeza que comenzaba a llenarse de referencias literarias y cinematográficas que me impulsaron más tarde a comenzar la carrera de Comunicación social.
En Pergamino y en aquella época, eramos pocos los que sabíamos. Quiza los mismos que como en una cerrada cofradía empezabamos a escuchar al negro Dolina, en la profunda noche.
Cuando le comenté a un compañero que escuchaba al Indio y a los Redondos me contestó: «Si no los escucha nadie no deben ser muy buenos».
A los diecisiete años compré mi primer casette, durante un viaje de vacaciones, medio de mochila, a Mar del Plata. Le pregunté a la de la tienda si tenian algo de Los redondos y me mostró Gulp, al tiempo que me preguntaba muy ufana:¿Con Patricio Rey?
Luego me fuí a estudiar a Rosario. Junto a algun compañero de la secundaria y a un nuevo amigo compartimos vivencias en un piso, descubrimos esa nueva realidad, apasionante para mí, llena de riqueza, cultura y bohemía.
Mientras mis coterraneos volvían desesperados a Pergamino para bailar en Spectra, el boliche local, yo me quedaba para entender el pulso de esa ciudad rockera hasta los tuétanos.
Tuve un amigo, un hermano casi. En la elección, esa elección que marca nuestras vidas para siempre, él eligió estudiar en Buenos Aires. Lo fui a visitar un fin de semana. No recuerdo la circunstancia. Solo sé que tocaban los Redondos en San Isidro, un bolichito chico y que fuimos en bondi (bus).
Ese fue mi primer concierto de Los redondos. Antes en un verano mágico pergaminense ya había visto a Zas y, milagro de milagros, a Charly con lo que después fue G.I.T, Fabi Cantilo y Fito en los teclados.
Aquel primer concierto, con Octubre dominando la noche, nos la pasamos cantando y bailando. Había un par de tipos atrás No entendian muy bien donde estaban, que era esa cosa. Decían, si... que se yo.No saltaban.
En la madrugada después del concierto, decidimos volver en tren. Mi amigo Alejandro tenia un poco de miedo. Pero el tren estaba tomado por gente que habia ido al concierto y llegamos a Parque Chacabuco sin sobresaltos, con el alma y el corazón llenos, los pies destrozados, «los ojos ciegos bien abiertos».
Y un día Los Redondos llegaron a Rosario. Era 1989 y acababan de sacar «Bang Bang, estás liquidado». Yo tan solo veinte años tenía, como dice el valsesito criollo. Entonces pertenecía a una pequeña banda donde estaban amigos que hoy llenan mis horas y esa banda ocasionalmente se unía a otra banda mayor, en donde había gente muy ricotera.
Aquella gente había ido un mes antes a Ramallo para ver a «Los redó». Era una versión muy primitiva de lo que después se llamó «misa ricotera». El Pocho, un amigo de entonces nos contaba riendose. «Los chacareros gritaban "¡Andaté Patricio Rey!"».
Recuerdo que hicimos la previa al concierto en uno de los bares Victoria, cerca de Sportivo America, con algunos porrones y que después estábamos invitados a una fiesta domiciliaria en la casa de Toto, uno de la carrera.
El concierto fue una fiesta. Se palpitaba un aire irreal de libertad, de fiesta ricotera. Como ya dije, aquello no era la misa. Ni el monstruo ingobernable que fue mucho después. Habia unas pibas con unas minifaldas muy cortas. Y unos pibes que querian meterle mano a toda costa. Las pibas los despacharon con guantazos muy bien dados.
En mi percepción aquel concierto fueron dos. Tan intenso es el recuerdo. Y tan volatil la memoria.
Despues fuimos a aquella fiesta para descubrir que era en la casa de un Toto que no conocíamos. Una de las invitadas estaba saliendo con un tal Sims, Enrique. El viejo,célebre fundador de la Cerdos y peces, el pasquín preferido de la contracultura, estuvo ahí aquella noche. Cayó con Walter Sidotti, el que nos había hecho saltar con su bata en el concierto. Éramos tan tímidos, tan chicos que ni lo felicitamos. Al viejo siempre lo vimos con un vaso de wisky en la mano, que no compartía.
No tengo más recuerdos de aquello. Solo flashes de gente bailando, besos, la excitación del concierto, la resaca del día despues.
Después vino el tango, el abrazo. Viajé a Barcelona y aquí me quedé. Tuve una vida, muchas. Amigos y amores que se han ido. Otros que ya no están, como Alejandro, el del primer concierto de los Redondos, Marcelo, mi compañero de piso en Rosario. y Rosa, que compartió 11 años de mi vida.
No voy a decir que los Redondos estuvieron siempre conmigo. Seria hipocrita.
En ese lógico crecer, en ese discurrir que se llama existencia, los gustos se amplian, cambian.
Los romanos creian que cada siete años una persona se renovaba completamente. No se si será cierto.
Pasan los años. Y un día, un viernes, uno se despierta con la noticia de que El Indio se fue. Lo busca en las redes.Lo corrobora. Comienzan a llegarle como en cascada cosas, momentos, recuerdos, historias, palabras, imagenes.
Tangos que uno no sabía que eran tangos, pero que bailaba cuando aún no bailaba tango.
Y se descubre un poco paria. Espiritualmente un poco o demasiado huerfano. Sabe con alguna oscura certeza, que esa parte de su juventud que lo mantenía joven, se acaba de ir. Y que eso de que «El futuro llegó hace rato», hoy es una verdad que pesa como una tonelada. Y que en aquella mágica década de los ochenta, si estaba seguro de que los buenos volvieron y estaban rodando cine de terror, hoy ya no tiene esa certeza.
Por ahi los buenos volvieron. Y se fueron. O uno se metió en la película equivocada. O en el mundo equivocado.
Aunque aquellas letras que creía olvidadas, aquellos tangos antes del tango bailado, lo vuelvan a buscar. Y no sé si lo consuelan o lo abrazan a la pena con más ansia.
Como bien escribe el Gabi Soda, musicalizador de la milonga: «Siento como si se hubiera muerto Troilo o Pugliese».
El fenómeno popular, el dolor colectivo es indudable. El Indio es nuestro Gardel. Y como tal ya es nuestro mito y leyenda.
El sábado hubo juntada espontánea en el arco del Triunfo barcelonés. Hasta las cinco de la mañana la muchachada cantó, bailó y lloró. Me lo perdí. No sabía.
En la mañana del domingo vi los restos de la noche: el altar improvisado, unas flores, la bandera, cervezas, unas velas. Lo mensajes apresurados, garabateados en cartones con fibrones, amor y desesperacion. Cartas al cielo, al infierno encantador. O a la nada.
Cuando caía el sol me fui a la milonga. Siguiendo la consigna, me dispuse «a brillar». Por una de esas afortunadas cosas del destino tocaba en Por ese Palpitar la orquesta Cachivache.
Para nosotros, acostumbrados al enlatado, bailar con un piano en medio de la sala, era un lujo. Para mí como un broche de oro a la misa. Un homenaje.
No puedo explicarlo con palabras. Mientras en Argentina la gente hacia colas y colas para despedir al Indio, yo bailé por él. Mi pogo fue ayer, con Cachivache. No hablé con los chicos, pero sé que ese espíritu ricotero andaba en el ambiente. En el piano, el contrabajo, la guitarra eléctrica y el bandoneón. Una formación atípica para una orquesta de tango.
Casi tan atípica como fueron los Redondos con su saxo rompedor, allá por los ochenta.
Abrazado a mi compañera ayer, al ver su cara, en ese momento único e irrepetible del domingo siete de junio de 2026 comprendí. Y dejé que la pena me arrasara con felicidad extrema.
Porque se sabe, vivimos, por los que ya no están.
Y es una pena desperdiciar la vida por la pena.

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